Circe

Ana Lilia tenía trece años cuando fue con doña Mercedes. La había llevado su madre en la mañana, la sacó de su clase de educación física, por eso llevaba el pans tamarindo de su secundaria. Mientras recorrían los puestos del mercado de Sonora, Ana Lilia sólo pensaba en lo bonitos que se veían los disfraces para el Halloween que vendían afuera. Soñaba con usar uno muy brilloso de arlequín. Su maestra de dibujo le había dicho que la Harley Quinn como decía con un perfecto acento, era un mal ejemplo a seguir. A Ana Lilia no le importaba, sólo sabía que el cabello rubio con puntas azules y rosas y la sonrisa perfecta de la actriz eran lo más bonito que había visto en la vida.

La madre de Ana Lilia no estaba segura de cómo había pasado todo. Sólo que un día, su hija había llegado tarde, apestando a alcohol y con el uniforme desgarrado y sucio. La regañó y le prohibió el internet por dos meses. Ana Lilia, siempre silenciosa, aceptó su castigo sabiendo que si decía algo, le iba a ir peor. El tercer mes, era evidente lo que había pasado. Las faldas ya no le cerraban.

-¡Pero cómo te desgraciaste así!- le gritó sin tratar de escucharla. -¿A ver, con quién fue, muchacha pendeja?-
No pudo creer la respuesta.
-El profe Ulises- contestó con un hilo de voz. El maestro de educación física.

Dado que era joven, unos treinta y cinco años,guapo, alto, fornido y con un ojo azul y otro verde. Nadie le iba a creer que no fuera consensuado. Su madre la abrazó y se puso a llorar, así como ella había llorado cuando su tío le había hecho lo mismo en casa de su madre, abuela de Ana Lilia.
Pero no la iba a dejar cometer el mismo error, le dijo. “No me confundas, te amo con todo mi corazón, hija, pero no quiero que te pase lo que a mí, tú eres lista, eres bonita, mereces salir de aquí , con una criatura sólo empeoras tu situación” Ana Lilia no se sintió. La comprendía perfectamente. Así que cuando la sacó temprano de la escuela para llevarla con doña Mercedes en el mercado de Sonora, Ana Lilia accedió feliz.

El puesto de doña Mercedes vendía muchas cosas: conejos negros, gallinas blancas, hierbas de olores penetrantes, aceites con pinta industrial y jarciería. Sin siquiera dejarlas hablar, las pasó a un cuartito subiendo unas escaleras de aluminio. Doña Mercedes sonrió con una sonrisa perfecta, le recordó a la actriz soñada.

-¿Trajeron lo que les pedí?- ronroneó sentándolas en un banquito rojo.

La madre de Ana Lilia asintió y le dio un suave codazo a su hija para que de su mochila sacara un Tonayan, unos huevos, un limón y un mechón de cabello, el cabello del profesor que la había embarazado y el cual Ana Lilia consiguió dándole un abrazo y arrancándole unos pelos de la nuca. Él no dijo nada, sólo le apretó el hombro tan fuerte que le dejó marca. No importaba, doña Mercedes lo arreglaría todo.

Rezándole a la Divina Providencia, al Espíritu Santo y a trece santas cuyos nombres eran cada vez más impronunciables, Doña Mercedes azotaba un ramo de ruda en el vientre de Ana Lilia. Le pasó un huevo mientras la niña sostenía una veladora blanca. Luego la empapó con Tonayan, haciéndola recordar la tardeada en donde se apareció el profe, cuando le pasaba agua loca tras agua loca y luego, aprovechando su embriaguez, la llevó al baño.

-No mi niña, eso ya pasó, pero te juro que ese desgraciado no se queda así, haciéndose pendejo- le dijo doña Mercedes. Ana Lilia sintió un escalofrío porque sabía que ella sabía.

La señora, alta y regordeta, sacó un conejo de una jaula y lo metió en una pequeña caja. Se lo dio a la mamá de Ana Lilia.

-Cuídelo como si fuera su bebé. No se preocupe si le pasa algo al conejo, ya me encargué todo. Aliméntelo con semillas mezcladas con un poco de la sangre de su hija y en 28 días todo habrá pasado. Póngame atención que esto es importante: si da a luz, tiene que matar a la cría inmediatamente- Luego, se acercó a Ana Lilia y le dijo: “Las malas noticias sólo son malas para quien las sufre”. Después de recibir los mil pesos, las corrió. “Ojalá nunca vuelvas mi niña” le dijo antes de cerrarles la cortina de acero en la cara.

Conforme pasaban los días, el conejo se ponía cada vez más grande y Ana Lilia se había encariñado con él. También su mamá. Por primera vez, su madre no tuvo que acudir a los préstamos de don Aurelio. Le subieron el suelo de secretaria cuando una transnacional le compró el negocio a su jefe. Su madre, temiendo que la despidieran mintió diciendo que sabía inglés. La conservaron y le dieron un mejor salario. El cual le ayudó para que se pudiera pagar un curso de inglés en la casa de la cultura de la delegación de su chamba. “Nunca me imaginé que fuera tan buena para los idiomas” dijo la madre. El conejo seguía creciendo.
Mientras tanto, en la secundaria, el profesor iba cada vez menos. Decían que había embarazado a una colega suya y se había dado a la fuga. Otros decían que lo había descubierto un caza talentos y lo había hecho actor.

A los veintiocho días, el conejo resultó ser coneja. Parió una sola cría y murió alumbrando. Para sorpresa de Ana Lilia, el conejuelo había nacido con todo y pelo pero no abrió los ojos. Su madre, a sangre fría lo agarró del cogote y lo mató. Sus patitas temblaron unos segundos antes de quedarse completamente lívidas.

-Al menos tenía los ojos cerrados- exclamó la madre
Pero Ana Lilia quería corroborar algo y se lo arrebató de las manos.

Con los dedos le abrió los párpados y confirmó sus sospechas: el conejo tenía un ojo azul y otro verde.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s